Entre los blogs de elmundo.es encontré “La pureza está en la mezcla”, de Martín Varsavsky. No hace falta decir que nuestro compatriota es un reconocido referente en Internet, sobre todo por su particular concepto en lo que hace a nuevas tecnologías, pero cabe recomendar la lectura de su última entrada –“¿Dónde está el futuro que nos prometieron?”-, un artículo que ya comentan algunos medios locales.
Desde el primer párrafo Varsavsky arranca afirmando que en los países industrializados se aprecia la desilusión de las nuevas generaciones porque los hijos viven hoy peor que los padres en su tiempo; y es categórico cuando sentencia que “no les entregaron el futuro que les prometieron”, lo que para él resulta más preocupante ante la crisis que estamos viviendo. Sí, algunos pícaros estarán pensando que en nuestro país esto no ocurre, en primer lugar porque estamos lejos de de pertenecer a la nómina de “industrializados” y en segundo término porque nuestro gobierno se ocupa permanentemente de conservar intactas nuestras ilusiones mientras culpa a los organismos internacionales por nuestros fracasos. Pero volviendo a Martín Varsavsky, en su concepción presume que el problema es más grave aún, porque esta generación no solo vive peor que la anterior por el nivel promedio económico, sino porque atraviesa un proceso de “desaceleración de la creatividad”. Por lo tanto considera que el futuro que a él le prometieron en su infancia y adolescencia, nuestro futuro, no se lo entregaron, ni a él ni a los nacidos en los 70, 80 y 90.
Es curioso, pero si tomamos el concepto de Martín al pie de la letra tal vez coincidamos en su apreciación, lógica y pura, considerando que su punto de vista está centrado en la revolución tecnológica y en el avance de la ciencia. Para llegar a esta conclusión Varsavsky realiza comparaciones que van desde la Teoría de la Relatividad hasta el presente, dando a entender que el progreso científico y tecnológico no arrojó los cambios que se esperaban, todo lo contrario, se ralentizó y en algunos casos hasta se puede apreciar un retroceso.
No es mi intención desmenuzar el artículo, párrafo por párrafo, porque son demasiados los temas comprometidos en la comparación que establece, inclusive en cuestiones que pueden sonar como triviales, pero confieso que estoy de acuerdo en lo que sostiene quizás por haber sido formado en la misma institución educativa en una época en la que se nos inculcaban otros valores. Uds. podrán estar de acuerdo, o no, pero lo cierto es que los maduritos que estamos en la web, identificados en esta problemática, hemos sido testigos de grandes cambios y descubrimientos que nos llenaron de expectativas que hoy no son tan frecuentes, independientemente de los adelantos que en materia tecnológica y científica involucran aspectos cotidianos a los que restamos importancia. Pero yo también tengo la sensación de que el hombre actual ha perdido la capacidad, el ingenio y la creatividad de los ilustres que marcaron verdaderos hitos en la breve historia de la humanidad.
Claro que, a diferencia de Varsavsky, nunca me puse a considerar si vivo mejor o, mucho menos, peor que mis padres. De hecho creo que en general me ha tocado la mejor parte a pesar de todas las perversiones de este siglo. Pero es cierto que en los últimos treinta años, o más, es muy pobre lo que podemos rescatar como un verdadero y real progreso en muchas materias; entonces, ¿no será que somos mediocres y baladíes? ¿No nos tocaba a nosotros, precisamente, cultivar el futuro que se nos deparaba? Tenemos al alcance de la mano lo que nos hace la vida más fácil, pero ocasionalmente cruzamos menos que unas pocas palabras ahí donde nos resulta más cómodo enviarnos mensajes de texto -si abreviados mejor-, integrando redes sociales en la web y publicando en nuestros blogs cuando ni siquiera somos capaces de hacernos el tiempo para tomar un café entre amigos.
Quizás la ascendencia de Martín, sus padres, su entorno profesional y su pasión académica, confluyen en sus conclusiones y en la necesidad de una autocrítica para salir de esta mediocridad y recuperar entonces el futuro que nuestros mayores nos prometieron. El planteamiento es razonable y nunca tan oportuno. Pero tal vez llegó la hora de preguntarnos qué hicimos por superarnos y mejorar, ya no nuestro propio futuro, sino la calidad de vida de las generaciones venideras, a las que les estamos prometiendo nada menos que un sombrío panorama. Es como si no hubiéramos aprendido nada de nuestros padres, de nuestros profesores y nada de aquéllos -los grandes revolucionarios del siglo pasado-, los que intentaron dejarnos un legado muy diferente cuando imaginaron nuestro propio futuro.


